
Caminaba sobre Tlalpan, era una tarde lluviosa, gris y muy triste. Mi discman giraba, era muy doloroso andar así, pero era la única manera de asimilar lo que ocurría.
Sail to the moon sonaba tan melancólica como esas nubes que posaban encima de mi. Mis lágrimas se confundían entre las gotas de agua del cielo. Estaba en la peor etapa de mi depresión. Eso fue en 2003, cuando no sabía que iba a pasar conmigo, cuando todo me parecía tan injusto, pero cuando Radiohead me invitó a conocer la profundidad de ese sentimiento. Me cobijó ese día y los que le siguieron.
Hasta antes del 15 de marzo de 2009, una etapa de mi vida estaba virgen y bajo la magia de lo desconocido. Después del 17 de marzo corroboré que algo en mi se había transformado, no sé si para bien o para mal, pero que, entre esos dos días las emociones más bellas que mi cuerpo escondía se sacudieron. La música, la medicina de todos mis problemas expresó a los cuatros vientos que mi ser era purgado contra esos sentimientos que me atormentaron siendo joven.
No puedo encontrar las palabras perfectas para explicar que entre el 15 y 16 de marzo las tímidas lágrimas que salpicaron de mi rostro eran de felicidad y recuerdos, o que al uniforme grito de Jonny, Jonny, Jonny convertía a mi garganta en un portavoz del agradecimiento. O que mi cuerpo, siempre tan tosco para los bailes y movimientos se dejaba llevar por los ritmos y las luces de la noche.
Es difícil señalar, pero algo aprendí en esos momentos. Quizás encontré la llave para amar, extrañar, perdonar, enfrentar y perseguir los sueños. Quizás obtuve más que eso, sólo que aún no lo logro entender.
Muchas veces miré al cielo y descubrí que dentro de la lírica de Thom se encierran infinidad de historias y fue entonces que hallé una que encajaba conmigo, la de esos momentos en que es preferible saber que este, el presente, es el mejor día de nuestras vidas.
No haré reseña esta vez, porque le tengo un respeto muy grande a la banda inglesa y creo que mis palabras se quedan pequeñas contra las emociones que guardo. Todo quedó grabado en mi memoria, no saqué ni celular ni cámara para capturar algún momento, nunca me ha parecido eso, preferí ver todo al esplendor.
Detalles
Qué cuál fue mejor, el primero o el segundo? al demonio esa pregunta, ambos días me confortaron.
Sorpresas. Si hubo, muchas, Kid A, increíble forma de sonar en vivo, Like Spinning Plates piano bellísimo, How to dissapear completely? impresionante y fuerte, Creep, simbólica y reconciliadora.
Momentos. Cuando Jonny quedó pasmado a la hora en que coreamos su nombre, me encantó como tomó su mano y la llevó a su boca en señal de timidez. La cuerda que se rompió durante Exit Music (For a film) y la expresión inmediata de Thom: Fuck. La alegría de Colin, el que siempre invita a que el público participe más. La serenidad y pulcritud de Phil, y de Ed, la galanura con la que enamora a las mujeres.
Lo difícil. Quizás tantas horas de espera fuera del foro, las piernas además ya pedían clemencia por ahí de las 21:00 horas.
Lo penoso. Los empujones cuando Radiohead entró al escenario, por mi cabeza pasó el recuerdo del News Divine, la gente extranjera que se encontraba a mi lado estaba espantadísima.
El llanto. No pude y en Videotape me dejé llevar; en Creep también me emocioné, pues aunque la verdad no soy fan de la canción, a la hora en que la tocaban pensé: que detalle de estos cabrones, es una forma de reconciliarnos.
Lo psicodélico. Las luces en The National Anthem, Idioteque y The Gloaming, quedé anonadado por completo.
Lo chistoso. La carcajada de Thom Yorke, esporádica y con un toque fresco, nunca supimos que pasó, pero seguro que fue algo muy gracioso.
El aplauso: a Kraftwerk, no los conocía y me sorprendieron con los bits, las imágenes y ese porte de seriedad que sólo los alemanes tienen.
El abrazo: De Jonny a su guitarra durante House of Cards; simplemente enamorado.
El perfect body: de Thom Yorke, cuando tocaba Creep y deleitó a una que otra pupila, después se cagó de la risa i siguió cantando. Chingón!
La conclusión. De niño soñé con un día perfecto y la felicidad eterna, ya siendo joven, quería alcanzar los éxitos a través del dinero y la palabra. Hoy me queda claro que en los pequeños detalles, en los abrazos sinceros, en las noches maravillosas están las respuestas de nuestras inquietudes; en la música el escape hacia la verdad.
Porque Radiohead ya me había mostrado la forma de aceptar que la vida no siempre es fácil y que no siempre sonreír es sinónimo de estar bien. Porque ahora sé que lo mejor está por venir y que no tengo forma de hacerlo cara a cara y por eso esta es mi manera de decirles gracias Radiohead.
La sorpresa de la noche sin duda alguna: Creep.

2 comentarios:
Sí, fueron los mejores conciertos de nuestras vidas y que además disfrutamos juntos.
Vane
buena reseña
Publicar un comentario